Mi camino hacia este trabajo empezó en 2011, cuando dejé el mundo corporativo porque la vida que estaba construyendo ya no se parecía demasiado a mí.
No tenía un gran plan. Sabía, más bien, lo que ya no quería. Quería trabajar de una manera más humana, más cercana y con más sentido.
Primero me formé como masajista y, años más tarde, como coach. Hoy tengo un estudio de masajes para mujeres en Londres y acompaño a mujeres de distintos lugares a través de mi práctica de coaching online.
Pero creo que la raíz de mi trabajo empezó bastante antes.
Siempre hubo en mí algo que necesitaba cuestionar lo establecido.
En mi adolescencia en los 90s encontré en el punk un lenguaje para algo que ya sentía: una incomodidad con hacer las cosas simplemente porque así se hacen.
Me fascinaba esa irreverencia. La posibilidad de mirar lo establecido y preguntarse por qué. De no necesitar encajar del todo. De construir una identidad propia, incluso cuando eso significaba ir un poco a contramano.
Con los años, esa rebeldía dejó de ser solamente intuitiva y encontró en el feminismo una manera mucho más profunda de entender el mundo.
Empecé a ver hasta qué punto las mujeres aprendemos a adaptarnos, cuidar, agradar, sostener, cumplir expectativas y organizar nuestra vida alrededor de lo que se espera de nosotras. Y cuánto puede costarnos, en medio de todo eso, distinguir una pregunta aparentemente sencilla:
¿Qué quiero yo?
Esa pregunta me mueve profundamente.
No porque crea que haya que romper con todo, ni porque una vida propia tenga que ser una vida extraordinaria. Me interesa algo mucho más íntimo: qué pasa cuando empezamos a distinguir entre lo que elegimos y lo que simplemente fuimos haciendo porque parecía que era lo que había que hacer.
Mi propia vida estuvo llena de cambios de rumbo.
Dejé trabajos. Cambié de profesión. Me divorcié. Viví en distintos países. Empecé de nuevo más de una vez. Me alejé de personas que quería cuando entendí que quedarme tenía un costo muy alto. Elegí perder cosas con tal de no traicionarme. Construí una vida lejos de mi lugar de origen. Me convertí en mamá.
Algunas decisiones fueron claras. Otras me llevaron años. Y otras todavía siguen siendo preguntas.
No cuento esto porque crea que mi experiencia me convierte en experta en la vida de otras mujeres. Todo lo contrario. Me enseñó a desconfiar bastante de quienes creen tener respuestas universales.
Sí me enseñó el valor enorme de tener un lugar donde poder escucharnos de verdad. Donde decir algo en voz alta antes de saber exactamente qué significa. Cambiar de opinión. Contradecirnos. Preguntarnos qué queremos sin tener que encontrar inmediatamente una respuesta.
De ahí nace Una Vida Propia.
De mi interés por las mujeres, por nuestra autonomía y por esas pequeñas y grandes decisiones con las que vamos construyendo una vida que se sienta cada vez más nuestra.
Y cuando no estoy trabajando...
Soy profundamente sensible y muy curiosa. La empatía, la belleza y la atención a los pequeños detalles son parte de mi manera de estar en el mundo (pues Libra!). Me conmueve una canción, una fotografía, un libro, una película, un edificio o una conversación que se alarga más de lo previsto.
Me gustan el arte, la música, bailar, viajar, caminar por una ciudad y descubrir lugares, las librerías y todo aquello que consigue hacer que la vida se sienta un poco más interesante, más bella o más viva.
Creo que esa sensibilidad también está en mi manera de trabajar: prestar atención, escuchar lo que a veces queda por debajo de las palabras y hacer lugar a los matices.
No creo que exista una única manera de vivir bien.
Creo en algo más simple y, a la vez, bastante más difícil: poder mirarnos con suficiente honestidad para preguntarnos qué queremos y darnos permiso para escuchar la respuesta.
Porque una vida propia no tiene que ser una vida completamente distinta.
Tiene que sentirse tuya.