Mi camino hacia este trabajo empezó en 2011, cuando decidí dejar atrás el mundo corporativo para buscar una forma de trabajar que tuviese más corazón y sentido para mí.
Primero me formé como masajista. Años más tarde también me formé como coach. Nunca sentí que fueran dos caminos distintos. Ambos nacieron del mismo deseo: acompañar a las mujeres desde un lugar más humano, más presente y más respetuoso.
Mi manera de mirar el mundo también fue cambiando con los años.
En la adolescencia encontré en el movimiento punk una forma de rebeldía que todavía me acompaña. No una rebeldía de romper por romper, sino la de cuestionar lo establecido, animarme a elegir un camino propio y no dar por hecho que la forma en que vivimos es la única posible.
Con el tiempo, esa rebeldía se transformó en una mirada profundamente atravesada por el feminismo. Una forma de entender cómo los mandatos, la carga mental, el trabajo invisible y la exigencia atraviesan la vida de tantas mujeres. Y también una invitación a preguntarnos cuánto de la vida que construimos fue realmente elegido por nosotras.
Mi propia historia también atraviesa la forma en que acompaño.
Dejé de vincularme con familiares y personas que no me sumaban.
Me divorcié.
Viví afuera. Volví.
Cambié mil veces de trabajo.
Emigré.
Volví a empezar.
Construí una nueva vida lejos de mi país.
Me convertí en mamá.
Y, más de una vez, tuve que reconstruirme para volver a encontrarme.
Ninguna de esas experiencias me convirtió en experta en la vida de otras personas.
Pero sí me enseñaron el valor de tener un espacio donde poder parar, pensar en voz alta, cuestionar lo que dábamos por sentado y volver a escuchar nuestro propio criterio.
No creo que exista una única manera de vivir bien. Tampoco creo que alguien tenga todas las respuestas.
Sí creo que muchas veces vivimos demasiado lejos de nosotras mismas, intentando cumplir expectativas, sostener a los demás o responder a mandatos que nunca elegimos conscientemente.
Podemos pasar años haciendo lo que parecía que había que hacer: trabajar, formar una pareja, tener hijos, cuidar, sostener, cumplir. Hasta que un día aparece una pregunta:
¿Y yo qué quiero?
Esa pregunta está en el centro de mi trabajo.
Por eso acompaño desde un lugar humano, sin fórmulas, sin juicios y con muchísimo respeto por el tiempo y el proceso de cada mujer.
Fuera del trabajo disfruto de los libros, el arte, la música, las conversaciones largas y los viajes. Me conmueven las historias de mujeres que se animan a hacerse preguntas difíciles, cambiar de rumbo y construir una vida más fiel a quienes son.
Creo que volver a una misma rara vez empieza con una respuesta.
Empieza con una pregunta: ¿qué quiero yo?
A veces la respuesta confirma la vida que ya tenemos.
Otras veces nos muestra que algo necesita cambiar.
Para mí, la autonomía empieza ahí: en poder escucharnos, confiar en nuestro propio criterio y sentir que la vida que vivimos también está siendo elegida por nosotras.
Me encantaría acompañarte.
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